El primer coche que tuvo fue un Fiat Punto totalmente oxidado. Su padre le había pagado las clases de conducir y él se lo compró con unos ahorros que había conseguido cortando pescado.

POR MIGUEL ROCAFULL

Era 1988 y tenía 15 años. El olor del dinero y el de la gasolina lo embriagaron y poco a poco siguió amasando su pequeña fortuna vendiendo zapatillas de deporte y, de paso, ampliando su garaje. El último ha sido un Rolls Royce que perteneció a Brigitte Bardot y que se ha sumado a una colección de 150 automóviles de lujo y carreras. Algunos los ha usado para competir en las 24 horas de Le Mans o en las de Dubái, donde se ha subido tres veces al podio.

Se llama Gerard López, nació en Luxemburgo en 1971 y es hijo de inmigrantes gallegos. Viste con vaqueros, polos y deportivas. Y el público lo conoce por ser, desde 2009, dueño de Lotus, la escudería de Fórmula 1. A su cargo hay más de 10.000 empleados que trabajan en las 70 compañías que tiene repartidas por el mundo, en sectores como el petróleo o las telecomunicaciones.

Esta historia de éxito comienza con una primera inversión en un software de comparación de equipamientos y materiales para obras. Aún era menor de edad. Y no había terminado la Universidad cuando vendió su primera empresa. Con el dinero obtenido compró un Jaguar, un Porsche y un Austin. Pero el espaldarazo definitivo le llegó con Skype, un proyecto entonces desconocido por el que apostó en 2001. A los dos años lo traspasó a eBay por 3.200 millones de euros.

Pero Gerard López no se considera para nada un inversor: «Si lo fuera, sabría cuál es mi fortuna». Para este hombre de negocios que domina siete idiomas, Lotus es el escaparate perfecto. «En la Fórmula 1 todo gira alrededor del bussiness. Un Gran Premio es el mejor sitio para cerrar tratos. Se vuelven como niños. Se excitan, se divierten… Bajan algo la guardia».

Los paddocks han sido su trampolín para sumergirse en mercados emergentes como la India, Venezuela o Rusia. Familar y fiel a sus amistades, López es muy celoso de su intimidad, y aunque Internet y las aplicaciones que conectan a la gente, como Skype, han sido sobre las que ha fraguado su fortuna, reconoce que «tarde o temprano volveremos a proteger nuestra privacidad». στσ