Cruceros al reino de los pingüinos hay muchos, pero no todos son iguales. En el nuestro no paramos: caminamos con raquetas de nieve, montamos en kayak e incluso acampamos sobre el hielo. No hay mejor forma de conocer el continente blanco.

POR DIETMAR DENGER

Eva, la camarera, me pregunta si voy a la Antártida. Estamos en el fin del mundo, como llaman aquí a Ushuaia. “Sí, zarpamos esta noche”, respondo. Le pregunto si ha estado allí. “Todavía no, pero es mi sueño”, dice, aunque en sus 30 años nunca ha salido de la ciudad. Ni siquiera ha ido a Buenos Aires, a tres horas de avión. Hasta la punta norte de la península Antártica solo hay 1.000 kilómetros, aunque son de un mar célebre por su fiereza. Quizá por eso el continente blanco parezca estar tan lejos de esta Ushuaia barrida por el viento, donde las casas, con sus fachadas de madera pintadas de colores, recuerdan a Escandinavia. En este lugar, donde el mundo termina, es donde empieza nuestro viaje.

Atlántico Sur, día tres de navegación. Me despierta la voz de Kevin, el jefe de la expedición, atronando a través de la megafonía. «¡Iceberg al frente!». Me arranca del sueño profundo que me ha vencido durante casi toda la travesía del pasaje de Drake. La última vez que estuve despierto, el horizonte desaparecía una y otra vez detrás de olas altas como edificios. Ahora, el océano está en calma, pequeñas nubes flotan doradas a la luz del atardecer.
Todavía quedan barcos de verdad , sin sofisticados mecanismos técnicos para compensar los cabeceos en alta mar. El Plancius no es uno de esos grandes cruceros hechos para mantenerse estables a la hora del bufé. Salió del astillero en 1976 como buque oceanográfico de la Marina holandesa, por lo que no tiene las comodidades de los barcos modernos. A cambio, te permite descubrir en primera persona por qué el pasaje de Drake, la ventosa frontera entre el Atlántico y el Pacífico, es un lugar tan justamente temido por los marinos. Por lo demás, con sus 89 metros de longitud y sus 114 pasajeros, es un barco muy cómodo y con un aire familiar.


Antártida, la última frontera

Port Lockroy fue una base científica hasta 1962 y actualmente es la colonia más diminuta del Imperio Británico: solo dos personas y cientos de pingüinos papúa arracimados al pie de la Union Jack. Son muy monos, pero huelen a rayos. «Si solo te alimentas de pescado, lo normal es que huelas a pescado», explica el biólogo Phil Wickens, un experto en la materia. Los excrementos blancos cubren las rocas y los campos de nieve en torno a la base y obligan a sus ocupantes a recurrir periódicamente a cubo y cepillo para mantener limpio el acceso.


Tras unos instantes en la cubierta vuelvo a sentirme en forma, como si el viento del sur se hubiese llevado mi mareo. La sensación de euforia se debe también al escenario. el iceberg es un gigante azul recortado sobre el cielo teñido de rojo por el atardecer, parece una nave espacial flotando ante mis ojos. Se trata de un vagabundo solitario, al que la corriente ha arrastrado más allá de las Shetland del Sur, islas rocosas que se alzan como preludio de un continente al que arribamos a la mañana siguiente.

La llegada no podría ser más grandiosa. El mar es un espejo en el canal de Neumayer. Este brazo de mar marca el comienzo de la península Antártica, un laberinto de islas, fiordos y ensenadas que se extiende 1.200 kilómetros. A ambos lados del barco se alzan laderas cubiertas de nieve. Las grietas del hielo presentan un color azul profundo. En el agua flotan icebergs, brillantes como zafiros. Si en la Antártida hubiesen pueblos indígenas, seguro que tendrían docenas de términos para describir el azul. Uno para ese azul intenso que resplandece en las grietas del glaciar. Otro para el azul claro de los icebergs. Otro para el azul del mar, que esta mañana tiene el color de una lata de crema Nivea.

Mucho antes de llegar a la bahía de Port Lockroy, nuestro primer destino, nos llega el olor de sus habitantes. Los pingüinos son muy monos, pero huelen a rayos. «Si solo te alimentas de pescado, lo normal es que huelas a pescado», nos explica el biólogo Phil Wickens, un experto en la materia. Los excrementos blancos cubren las rocas y los campos de nieve en torno a la base y obligan a sus ocupantes a recurrir periódicamente a cubo y cepillo para mantener limpio el acceso. Port Lockroy, hoy un museo, fue una base científica británica hasta 1962. La colonia más diminuta del Imperio británico la forman dos personas y cientos de pingüinos papúa arracimados al pie de la Union Jack en una ruidosa ceremonia de saludo.

También encontramos pingüinos en nuestra siguiente parada, y eso que se encuentra a 300 metros sobre el nivel del mar. Los pobres animales tienen que subir por las laderas que rodean la bahía de Paradise Harbour porque en la orilla apenas hay espacio. Ascendemos junto a las estrechas sendas que abren en la nieve. Llevábamos mucho cuidado para no dejar huellas profundas, y cubrimos con nieve los agujeros más grandes. «Algún pingüino podría caer dentro y lo pasaría muy mal para salir», explica Phil. Al principio caminamos con raquetas de nieve; al llegar a zonas más empinadas nos armamos de crampones y piolé. Que estas torpes criaturas consigan llegar hasta aquí arriba es sorprendente. Se caen y resbalan cuesta abajo cada poco, pero se sacuden la nieve y retoman la ascensión.

Caminar junto a las sendas de los pingüinos es una de las muchas experiencias que nos ofrece este viaje. El Plancius lleva a bordo lo necesario para hacer de la Antártida un parque de aventuras para adultos. Esta noche usaremos las tiendas de campaña, pero antes hay que probar el agua de Paradise Harbour. Un par de pasajeros que tienen título de buceo se sumergen para contemplar los icebergs desde abajo, los demás lo hacemos desde los kayaks. Remar en estas aguas cristalinas tiene algo de onírico. Nos deslizamos ingrávidos sobre la superficie, rota aquí y allá por los pingüinos; torpes sobre el hielo, bajo el agua se transforman en torpedos con aletas.

Por la tarde abandonamos la bahía y Evgeny Levakov, nuestro capitán ucraniano, echa el ancla en el pasaje de la Plata, donde mi grupo de pasajeros va a acampar hoy. La espuma nos golpea en el rostro mientras las zodiacs saltan sobre las olas de camino a Danco Island. Atracamos en un campo de hielo casi totalmente rodeado por el mar. Hace viento, así que prescindo de la tienda y uso solo el saco de dormir y la funda de vivac.


Antártida, la última frontera 1

El Plancius lleva a bordo lo necesario para hacer de la Antártida un parque de aventuras para adultos. No es uno de esos grandes cruceros hechos para mantenerse estables a la hora del bufé. Salió del astillero en 1976 como buque oceanográfico de la Marina holandesa, por lo que no tiene las comodidades de los barcos modernos. A cambio, te permite descubrir en primera persona por qué el pasaje de Drake, la ventosa frontera entre el Atlántico y el Pacífico, es un lugar tan justamente temido por los marinos. Con sus 89 metros de longitud y sus 114 pasajeros, es un barco muy cómodo y con un aire familiar.


Da reparo dormir. Es más emocionante quedarse despierto y escuchar los sonidos que nos rodean. Es la una de la mañana y aún hay claridad. Charranes y gaviotas siguen volando sobre las olas con su griterío habitual. En la otra orilla, un alud se desliza por la pared del glaciar y cae al agua con estruendo. Por la mañana, algo se agita bajo el campamento. un enorme témpano se separa y empieza a alejarse por la bahía… Después de esta noche, nos hacemos una ligera idea de lo que pasaron los hombres que exploraron este continente a finales del siglo XIX.

La siguiente escala nos lleva a la isla Decepción. El capitán Levakov ha planeado un cierre espectacular antes de nuestro regreso a la civilización. El volcán que dio origen a la isla se hundió hace mucho tiempo, y la caldera surge hoy del mar como un enorme anillo de roca. Navegamos por el único pasillo de entrada al cráter, parcialmente helado. El Plancius se abre paso gracias a su proa reforzada. El hielo es lo suficientemente estable como para bajar a estirar las piernas sin alejarnos mucho del barco. Es una buena despedida.

En el viaje de vuelta a Sudamérica, el pasaje de Drake está tranquilo como un estanque y el sol brilla con fuerza. Esta vez voy casi todo el tiempo en la cubierta, disfrutando de los albatros que nos sobrevuelan y de los surtidores que lanzan un grupo de orcas. Mañana estaremos en Ushuaia. Pero hoy todavía disfrutamos de este mar que se extiende más allá del fin del mundo.


En el Plancius al “finis terrae”

Antártida, la última frontera 2Las opciones para visitar la Antártida son variadas, incluidos modernos cruceros de lujo. Muchas agencias españolas ofrecen viajes desde la península, aunque también se pueden contratar en la misma Ushuaia. El Basecamp Antarktis Aktiv, de Hauser Exkursionen, tiene la ventaja de que ofrece actividades de aventura; 11 días de barco, vuelos interiores y noche en Buenos Aires a partir de 8.690 euros. www.hauserexkursionen.de La mejor temporada para viajar a la Antártida es durante el verano austral, entre octubre y abril. Pero es conveniente preparar el viaje con tiempo.