En otoño, cuando baja el calor y las noches a la orilla del Guadalquivir son más frescas, es una verdadera delicia recorrer la ciudad califal, admirar su grandiosa Mezquita-Catedral, perderse por las callejuelas y patios de su judería, tapear en sus tabernas y, en resumen, caer rendidos ante el embrujo cordobés.

POR ALICIA HERNÁNDEZ

Todos llegan a Córdoba buscándola. Es el gran reclamo, el icono indiscutible de la ciudad de los califas. Es la grandiosa Mezquita-Catedral –Patrimonio de la Humanidad–, una de las construcciones más bellas e impactantes de España y del mundo. Su entramado de más de un millar de columnas y arcadas en color rojo y blanco tienen un efecto mágico y su construcción resume el paso de distintas civilizaciones en el sur de la península. El terreno lo ocupó primero una basílica visigoda; tras la invasión de los musulmanes, los omeyas la sustituyeron por un enorme templo musulmán, construido en cuatro fases (entre los años 786 y 988), ampliación tras ampliación hasta convertirla en la segunda mezquita más grande del mundo por detrás de la de La Meca y solo superada después por la Mezquita de Santa Sofía, en Estambul. Tras la reconquista de Córdoba, en el siglo XIII fue reconvertida al cristianismo con la construcción en su interior de la Catedral de Santa María. Y eso le hace ser realmente singular: el templo conjuga el Patio de los Naranjos, la torre del campanario, antiguo alminar, y los arcos islámicos con el arte cristiano de la catedral.

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Los más madrugadores pueden aprovechar la entrada gratuita entre las 8,30 y 9,30 horas, pero la experiencia resulta más impresionante por la noche –se organizan visitas nocturnas con el nombre de El alma de Córdoba–, con los efectos de luz y sonido que guían nuestros pasos entre el bosque de columnas de mármol rosado. Cada uno de los califas que reinó en Córdoba fue dejando su huella en este monumental templo. Con Abderramán I, Abderramán II y Abderramán III, Córdoba vio florecer las artes, las ciencias, la industria y la agricultura y la mezquita fue creciendo y creciendo. Alhakén II mantuvo la paz y su reinado fue el más esplendoroso del califato, mientras que Almanzor, último caudillo musulmán, fue el más beligerante contra los cristianos y cuenta la leyenda que arrastró las campanas de la ciudad de Santiago hasta Córdoba para usarlas como lámparas en la última ampliación de la mezquita.

Al salir de la Mezcquita-Catedral hay que encaminarse hacia el río y admirar el puente romano –el llamado ‘puente viejo’–, majestuoso, con sus 331 metros repartidos en 16 arcos, la estatua de san Rafael presidiéndolo y veinte siglos de vida sobre el Guadalquivir. En el extremo sur se alza la Torre de La Calahorra, que acoge el Museo Vivo de Al-Andalus, sobre la convivencia entre las culturas judía, cristiana y musulmana, y en el otro extremo, la

Puerta del Puente, con una Sala de Exposiciones que ilustra su historia y el acceso al mirador desde el que se obtiene una de las estampas más bellas de Córdoba, sobre todo al atardecer, cuando el sol tiñe de dorado sus piedras.

Córdoba, la ciudad de los califas 3Desde el Alcázar de los Reyes Cristianos veremos Córdoba desde las alturas, caminando por sus torres y murallas para después recorrer los jardines que se refrescan con el agua que llega de Sierra Morena y discurre por los estanques y fuentes. En su torre del Homenaje se reunió Cristóbal Colón con los Reyes Católicos para poner en marcha la aventura marina que terminó en el descubrimiento de América.

Muy cerca están las Caballerizas Reales –«la catedral para los caballos» como las llamó Lorca–, dedicadas a la cría de ejemplares de Pura Raza Española desde hace cuatro siglos. Los miércoles, viernes y fines de semana ofrecen espectáculos ecuestres en los que bailan los caballos andaluces.

Veinte siglos contemplan al puente romano bajo el que pasa el Guadalquivir

Después de visto lo imprescindible –aunque bien podríamos marcarnos una ruta de museos con los del pintor Julio Romero de Torres, el Arqueológico, el Taurino o el de Bellas Artes–, llega el momento de caminar sin rumbo por la judería, el viejo corazón de la ciudad que rodea la Mezquita, perderse por rincones llenos de encanto que piden ser fotografiados, plazuelas con nombres evocadores y callejas cargadas de leyendas. En nuestro deambular, al doblar una esquina nos encontramos con la estatua del célebre médico judío Maimónides, con la figura del filósofo cordobés Séneca o la del mítico torero Manolete, que nació en el barrio de Santa Marina. Disfrutamos descubriendo historias y personajes, atisbamos un arco ojival al fondo o emprendemos la búsqueda de la antigua sinagoga. Pero también hay que dejarse llevar por el olfato y el gusto y lanzarse al tapeo en las tabernas con más solera de las calles alrededor de la plaza de las Tendillas o la de la Corredera. Porque Córdoba es deliciosa para la vista, pero también para el paladar.


CÓRDOBA EN CINCO PLATOS

El plato cordobés más universal es el salmorejo, una crema de fría de tomate con pan de telera, ajo, aceite de oliva y sal. La mazamorra es la misma receta pero sustituyendo el tomate por almendras molidas. Las berenjenas a la miel, rebozadas, fritas y regadas con miel de caña, no se pueden parar de comer. Y no hay que olvidar el flamenquín, un empanado en forma de rulo con un filete muy fino de carne y jamón, y el guiso de rabo de toro. Puras delicias.

Córdoba, la ciudad de los califas


PATIOS Y FLORES

La Calleja de las Flores, adornada con macetas y con la mejor perspectiva de la torre de la Mezquita, es la calle más fotografiada de Córdoba. Los patios son el alma de las casas cordobesas. En mayo se celebra la Fiesta de los Patios, Patrimonio de la Humanidad, un concurso en el que los vecinos compiten engalanándolos y mostrándolos al público. El resto del año, algunas casas-patio también abren sus puertas a los visitantes.Córdoba, la ciudad de los califas 1