Es el símbolo del lujo y la exquisitez de la vieja Europa. Por sus habitaciones han pasado reyes, escritores y estrellas de Hollywood. Ahora, el mítico hotel Ritz de París, el establecimiento más famoso del mundo, ha reabierto sus puertas tras casi cuatro años de cierre y 400 millones de euros en reformas. Es el precio que hay que pagar por seguir siendo el hotel más fascinante de París y del mundo.

POR PHILIPPE VIGUIÉ-DESPLACES

Parece una paradoja. pero justo cuando la gran hostelería parisina de lujo está atravesando una enorme crisis –con una caída de entre el 10 y el 40 por ciento del volumen de negocio desde los atentados islamistas de noviembre de 2015– es cuando el nuevo Ritz reabre sus puertas. Frank Klein, presidente del Ritz, no es ni sordo ni ciego, pero haría falta bastante más para acabar con su optimismo y su orgullo. De momento, lo que le preocupan son las palabras que utilizamos para hablar de su hotel.  «¿Por qué nuevo Ritz? –se sorprende–. Las obras que se iniciaron hace cuatro años no han creado un nuevo establecimiento en el sentido de que sea diferente de lo que siempre ha sido. No, el Ritz que van a descubrir es eterno y el tiempo no hace mella sobre él. Simplemente hemos hecho lo necesario para que su historia continúe». ¡Y menuda historia! Se inicia a principios del siglo XX con la éterea silueta de  Marcel Proust deslizándose de noche por la puerta giratoria del hotel para irrumpir en la suite que ocupaba durante todo el año la princesa Hélène Soutzo. Un poco antes, una llamada de teléfono de Céleste Albaret, la criada de Proust, despertaba de su sueño a la aristócrata rumana. La argucia era siempre la misma: «Al señor Proust, que cree que va a morir esta noche, le gustaría ver con la mayor brevedad a la señora princesa para saber qué vestido llevaba en la recepción de la señora de…». Cuando llegaba el escritor se le mostraba el vestido. Tenía toda la libertad para observarlo y, una vez que volvía a su casa, lo describía en el libro En busca del tiempo perdido, en  el que figuraría el personaje de la señorita de Saint-Loup, inspirado en la princesa Soutzo.

«El Ritz es eterno y el tiempo no hace mella sobre él. Solo se ha renovado para que su historia continúe»

El hotel de la Plaza Vendôme ha coleccionado aventuras como esta a lo largo de todo siglo XX. El Ritz es el manto sublime en el que vinieron a acurrucarse las glorias del gran mundo, desde Coco Chanel, para quien era su casa, a la princesa Diana, de la que fue, en cierto modo, su última morada… Este palacio simboliza la excelencia. Por ese motivo, la transformación iniciada hace cuatro años por su propietario, Mohamed Al-Fayed, se aguardaba como la de una obra de arte.

Desde la Plaza Vendôme se cruza el umbral del Ritz por la mítica puerta giratoria que se ha reconstruido de forma idéntica a la antigua, esa que antaño era accionada por un gesto grácil del conserje uniformado y que ahora es automática. Ante nosotros se despliega el vestíbulo en galería y nos parece verlo como si fuera la primera mañana del hotel, en junio de 1898. Los sillones à la reine, ordenados por parejas, han encontrado de nuevo su lugar y su brillo. Apliques en bronce señalizan esta avenida de los placeres que conduce hacia la derecha a un nuevo lugar, el salón Marcel Proust. Presidida por el retrato del escritor, es una biblioteca adornada con boiseries. Posados sobre una alfombra al estilo de la Savonnerie, canapés, sofás y consolas de madera dorada parecen interrogar al pasado. Allí se servirá el té ‘a la francesa’, nos indican, es decir, sin scones ni otros pasteles del otro lado del Canal de la Mancha, que el jefe pastelero François Perret ha sustituido por magdalenas, mucho más proustianas.

Siguen dos grandes invernaderos de nueva construcción separados por un patio en mitad del cual brota el agua de una fuente. Es la terraza Vendôme, punto de encuentro del bar del mismo nombre y de L’Espadon, en el que reina el chef Nicolas Sale.GLOIRE ET RENAISSANCE DE L'HOTEL RITZLos sillones ‘à la reine’ del vestíbulo, en terciopelo azul real, han recuperado el esplendor de los inicios del Ritz que vivieron Hemingway, Proust o Mata-Hari.

 

El vestíbulo termina aquí y, en su prolongación, empieza la galería que une el ala Vendôme del hotel a su ala Cambon, nombre de la calle en la que se construyó un segundo edificio en la década de 1910. La reforma se ha concebido en el espíritu de los pasadizos parisinos. Unas vitrinas encastradas en unas carpinterías hacen guardia y se han creado cinco boutiques. Antes bastante oscura, la galería ahora está iluminada por grandes puertas vidrieras que se abren sobre el jardín del Ritz, hasta ahora ignorado. Este remanso de vegetación está atravesado por una avenida central de 26 tilos plantados en cajones de madera idénticos a los de la orangerie del Palacio de Versalles. Al lado se encuentra el bar Hemingway, regentado por Colin Peter Field, elegido en varias ocasiones mejor coctelero del mundo. Tampoco ahí ha cambiado nada, aunque todo haya sido renovado.

La visita continúa por la gran escalera de honor del Ritz. Una inmensa lámpara ocupa el centro de la misma. Su barandilla de hierro forjado negro cubierta por un pasamanos de cuero y su alfombra de escalera sujeta por barras de latón invitan a la grandeza. Lleva a las habitaciones. En la primera planta se encuentra la suite imperial, la más hermosa del hotel, con vistas a la Plaza Vendôme: el techo de 6 metros de altura, bajorrelieves catalogados como monumento histórico, telas bordadas en seda salvaje, una cama monumental adornada por un dosel con un impresionante balaustre que cierra su acceso… 1En el salón Marcel Proust, presidido por la copia de un retrato del escritor firmado por Jacques-Émile Blanche, el jefe pastelero François Perret sirve el té ‘a la francesa’, con magdalenas como homenaje.

En la segunda planta se suceden las suites, incluyendo la denominada Coco Chanel. Aunque la ‘señorita’ vivió en el Ritz durante más de 30 años, cambió varias veces de habitación, por lo que no se sabe exactamente dónde vivía: mobiliario depurado de los años 50, tonos crema y negro, biombo lacado…

Nuestra visita al Ritz, que cuenta ahora con 142 habitaciones, incluyendo 71 suites, es decir 17 menos que antes de las obras, finaliza en el spa del sótano, completamente renovado en el espíritu Chanel. El espacio de fitness y la piscina que utilizan los abonados del Ritz Club han recobrado una segunda juventud con la rehabilitación de los mosaicos de la piscina y el añadido de chorros termales. Lo que durante mucho tiempo hizo que fuera la piscina más solicitada de todo París sigue ahí: el hilo de música clásica que se escucha bajo el agua.

La transformación ha tenido un coste, y no precisamente bajo: «400 millones de euros invertidos por Mohamed Al-Fayed –revela Frank Klein, presidente del Ritz–, que pidió expresamente al arquitecto Didier Beautemps y al decorador Thierry W. Despont renovar el lugar sin dañar su alma». 1En la terraza Vendôme se encuentran el bar del mismo nombre y L’Spadon, donde Nicolas Sale, ejerce como chef. 

 

Ya en su época, César Ritz había encontrado el tono adecuado para seducir a una clientela venida del otro lado del Atlántico. El Ritz alcanzó elevadas cotas de excelencia en los locos años veinte, cuando los transatlánticos descargaban a sus ricos pasajeros del Nuevo Mundo. Impenetrable a los horrores del planeta, el Ritz inició la Segunda Guerra Mundial con la despreocupación de un niño mimado. Lejos del ruido ensordecedor de las bombas, el hotel no conoció más que el tintineo de sus copas de champán… Ningún peligro parecía poder cernirse sobre el palacio, como contó el archiduque Otto de Habsburgo, presente en el Ritz una noche de junio de 1940 mientras París estaba ocupado por los alemanes: «Nos sirvieron la cena camareros vestidos de frac, como si no pasara nada. Fue una cena suntuosa». Tras la victoria aliada, el Ritz renovó oportunamente su clientela y el viaje al país de la excelencia prosiguió.

La saga de los Ritz llega a su fin en 1979, cuando la viuda de Charles Ritz, hijo de César, vende el hotel a Mohamed Al-Fayed. Se acaba un capítulo, pero la historia del hotel sigue escrita por una clientela con unas exigencias a veces extravagantes, como cuenta Manfred Mautsch, encargado de la recepción desde hace 35 años: «Liz Taylor me llamó un día para que retirara un escritorio de la suite que ocupaba porque su perro podía cansarse por tener que rodearlo. Pues mire usted, ese tipo de clientela ya no existe», concluye nostálgico Manfred Mautsch.