En el hemisferio sur y con un océano de por medio, nos encontramos cumbres nevadas, glaciares, estaciones de esquí, bosques, prados verdes, casitas de madera con tejado a dos aguas y lagos, muchos lagos. Una ruta espectacular enlaza varios de ellos a través de un paisaje alpino perdido en el corazón de la Patagonia: es la Ruta de los Siete Lagos.

POR RODRIGO PADILLA

Desde la ciudad de La Quiaca, la más septentrional de Argentina, parte una carretera que sigue con obstinación su dirección sur a lo largo de 3.000 kilómetros a través de estepas y llanuras. Es la Ruta Nacional 40, que corre paralela a los Andes, el espinazo rocoso del continente suramericano. De repente, su trazado gira hacia la frontera con Chile, al oeste, y entonces bosques de coníferas y variedades locales de hayas y robles trepan por las laderas, el aire se carga de humedad y a lo lejos aparece una gran superficie plateada: la Ruta Nacional 40 llega a San Martín de los Andes, a orillas del lago Lácar.

Esta coqueta localidad de montaña en el norte de la Patagonia parece trasplantada desde otras latitudes. Para ser exactos, desde la misma latitud, solo que norte en vez de sur. Aquí, a similar distancia del ecuador que los Alpes, encontramos el mismo paisaje de picos nevados, bosques y agua. Más llamativo resulta el hecho de que también encontremos los mismos chalets de madera, tejados a dos aguas cubiertos con láminas de metal o pizarra, muros de piedra, senderos de grava entre praderas de césped… La respuesta a este fenómeno no es solo geográfica, sino también histórica: los primeros colonos europeos que se asentaron en este apartado rincón de Argentina procedían de la Europa alpina: bávaros, tiroleses o suizos reconstruyeron en los Andes los pueblos y granjas que habían dejado atrás, trajeron su forma de vida tradicional al rincón de América que más se parecía al viejo hogar.

Ruta de los siete lagos, los otros Alpes 12Un enclave en Villa La Angostura.

San Martín de los Andes es conocida como centro de actividades de aventura y montaña, pero sobre todo por ser la puerta de entrada a un paraje único que alberga varios parques nacionales y reservas naturales de dos países, labrado por glaciares hoy desaparecidos y perlado de lagos. Por eso, a la carretera que desde aquí se interna en las montañas y va serpenteando entre sus estrechos valles se la conoce como el Camino de los Siete Lagos. Y es una de las más espectaculares de toda América. Tanto, que el gobierno argentino decidió en 2012 que la Ruta Nacional 40 debía adentrarse en los Andes y enlazar con lo que hasta entonces había sido una pista de montaña para así sacar partido a semejante joya escondida.

El recorrido original es de poco más de 100 kilómetros, los que separan las localidades de San Martín de los Andes y Villa La Angostura, aunque merece la pena desviarse de la carretera asfaltada para asomarse a otros lagos cercanos. Todos ellos comparten esa forma alargada y estrecha propia de su origen glaciar, y sus laderas cubiertas de vegetación y árboles de gran porte, pero cada uno tiene algo especial, ya sea un matiz de la infinita paleta de los turquesas, una playa de arena o de cantos rodados, una ensenada cubierta de cañizos o el perfil reflejado de las montañas. También abundan los miradores y apartaderos, así como campings, merenderos y posadas, por lo que el periplo se puede alargar todo cuanto queramos.

El paraje alberga parques, reservas naturales y glaciares

El primero de los siete lagos de la ruta es el citado Lácar. Sus 25 kilómetros de largo y tres de ancho hacen de él uno de los mayores y el más apto para la práctica de la vela. También alberga una de las mejores playas, Catritre, muy concurrida en verano y perfecta para bañarse con un perfil de montañas de fondo. La ruta bordea parte de la ribera del lago y luego gira hacia el sur, a los pies del centro de esquí Chapelco. Poco después alcanza la pradera donde el peculiar arroyo Partido hace honor a su nombre y se divide en dos brazos de agua, uno de los cuales sigue hacia la cuenca del Lácar, que vierte en el Pacífico, y el otro inicia su largo camino hacia el Atlántico. Unos kilómetros más adelante llegamos al lago Machónico, ya en el límite entre los parques nacionales de Lanín y Nahuel Huapi. Nada más pasar la cascada de Vuliñaco, la carretera recorre la orilla oeste del lago Falkner, a los pies de un impresionante farallón rocoso sobrevolado por los cóndores, y cruza un puente sobre el río que lo conectada con la orilla este del lago Villarino. A tiro de piedra se abre el más pequeño de los lagos, el Escondido, que no llega al kilómetro de largo.

A partir de aquí, la carretera se adentra en un valle especialmente encajonado que desemboca en un laberinto de agua y tierra. A un lado, el lago Espejo, cuyo nombre cobra toda su dimensión en días de cielo despejado; al otro, el lago Correntoso, que a su vez está unido con el enorme Nahuel Huapi por el que presume de ser el río más corto del mundo. Justo en este dédalo, con agua por tres lados y la espalda contra las montañas, es donde se encuentra Villa La Angostura, un paraíso para los amantes del esquí y el final oficial del Camino de los Siete Lagos. Sin embargo, cuesta mucho dar por cerrada la ruta aquí. Una vez que te has asomado a las aguas e islas del Nahuel Huapi no hay más remedio que seguir la carretera, que continúa hacia el sur bordeando la orilla. Las vistas son en todo momento espectaculares, primero por las cimas nevadas de la ribera sur del lago, los glaciares y el impresionante cerro Tronador, y luego por el radical cambio de paisaje cuando la carretera se asoma momentáneamente a la árida vertiente oriental de los Andes, al valle Encantado y sus formaciones rocosas, antes de volver hacia las riberas verdes.
Ruta de los siete lagos, los otros Alpes 6Vista del Lago Machónico.

 

Así, los 107 kilómetros originales se transforman en 190, aunque la prolongación bien merece la pena, tanto por el recorrido como por el objetivo final: la célebre San Carlos de Bariloche, capital turística de la Patagonia e imán para más de un millón de visitantes cada año. Estaciones como cerro Otto o cerro Catedral la convierten en el mayor centro de esquí de América del Sur y uno de los más importantes del mundo. En el verano austral, sus muchas playas se abarrotan de gente y durante todo el año acoge a montañeros y excursionistas que disfrutan de los senderos y rutas a caballo o bicicleta y de todo tipo de actividades náuticas o de aventura.

Cuando la Ruta Nacional 40 deja atrás Bariloche, todavía discurre un buen trecho entre valles andinos, pero enseguida gira al este, a la llanura ocre, y les vuelve la espalda a las montañas. Enfrentados de nuevo a la estepa infinita, es inevitable preguntarse si este paréntesis de agua y bosques no habrá sido un espejismo. Si la duda persiste, lo mejor es volver atrás.